11/12/2010

Los políticos no hablaban de amor



















Desde chico oí hablar de Perón y Evita con amor, pero no podía entender a qué se referían, no comprendía qué podía ser eso de sentir amor por una figura política. Yo, lo único que conocía era el desamparo político: gestores asesinos o sucios o cobardes o ineptos o impotentes. Había conocido la ilusión de una democracia que nacía y la dura decepción de los hacedores de una democracia no representativa. Nunca jamás un político me había representado, entonces ¿cómo amar a los dueños de las crisis, los dolores, la desolación? Yo no pude, ni quise, pero claro, no se puede impostar el amor.

Los políticos no hablaban de amor hasta Néstor Kirchner, creo que no tenían.

Durante toda mi vida la política me hizo ilusionar, indignar, enojar, fastidiar, desilusionar, desconfiar, desencantar, alejar, sufrir. Pero de modo increíble e inesperado, en el momento en que Duhalde le entregó el bastón presidencial a Néstor, brotaron de mí unas lágrimas que me sorprendieron. La angustia contenida desde la noche del 19 de diciembre del 2001 se liberaba: sentí que la democracia estaba a salvo. Y no porque lo conociera a Néstor, al que yo conocía era a Duhalde y, sinceramente, no daba dos mangos por los destinos de nuestra democracia en sus manos.

La segunda vez que lloré fue en la Plaza de Mayo. Más exactamente en la Avenida de Mayo, en la primer plaza de la disputa por la 125. Cuando vi la multitud, al pueblo respaldando a Cristina, las lágrimas volvieron. Sentí que había algo vivo, fuerte, popular, pero tímido, hasta cauteloso. Clarín ya estaba nervioso y Sabat hacía dibujitos sin olor a democracia. La crispación que pusieron los medios corporativos en escena fue brutal: todo loco, todo mal. Monigotes gritando por tv. Entonces volvió la magia: Néstor dio una conferencia de prensa y santo remedio, se calmaron todos, no pasaba nada. La magia de la política, la magia de Néstor, el Gandalf argentino, mi querido Pingüino.

La calma duró poco porque las corporaciones habían desatado una guerra que siempre nos quisieron adjudicar. Son ellos los que están en guerra; y nosotros con el Pingüino, que nos sigue diciendo: “Creemos en esa Argentina donde la felicidad se pueda volver a recuperar, creemos en la Argentina de los tiempos felices, creemos en la Argentina donde los hombres amaban la política, creemos en la Argentina donde los intelectuales eran respetados y escuchados, creemos en la Argentina de la libertad, de la libertad plena, donde nadie tenga porqué callarse la boca”.

Y ahora lloro de nuevo porque se murió Néstor, mi querido Néstor ¿cómo te fuiste a morir? Justo vos. Lloro, ahora que conocí el amparo, me siento desolado. Lloro y me acuerdo cuando era chico y veía llorar a la gente porque se había muerto Perón. Yo miraba con mi silencio, pero no comprendía. Ahora lloro y comprendo.


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